Las buenas intenciones

Las buenas intenciones no siempre producen los resultados que se esperan de ellas. Lo comprobamos a diario en nuestras vidas. Cuando Amy J Reed y su marido, el prestigioso cirujano torácico Noorchasm Reed, emprendieron una campaña para luchar contra la morcelación de los miomas, seguramente sólo pensaban en evitar a otras familias las penalidades que ellos pasaron. Pero la práctica desaparición de esta técnica en Estados Unidos y en otros países como el nuestro también ha tenido su reverso.

 

A continuación explicaré qué es la morcelación, por qué se ha reducido su uso al mínimo y cuáles son las consecuencias que de ello se han derivado.

 

En anteriores artículos explicamos que los miomas son tumores benignos muy frecuentes; los tienen más de la mitad de las mujeres. La mayoría de ellos no requieren tratamiento, pero algunos dan lugar a hemorragias y a dolores por lo que han de ser extraídos.

 

La morcelación consiste en trocear estos tumores dentro del abdomen para poder extraerlos a través de una pequeña incisión. Esta técnica se generalizó en los primeros años de nuestro siglo, posibilitando que grandes miomas pudieran ser operados sin necesidad de abrir el abdomen. Gracias a ello, la mujer se recuperaba antes de la intervención, con menos secuelas y podía reincorporarse antes a su vida profesional sin tantas secuelas ni cicatrices.

La anestesista Amy J Reed fue una de tantas mujeres que se sometió a una laparoscopia para extraer un mioma que le originaba problemas. Pero en su caso, se trataba de un sarcoma (tumor maligno rarísimo) y al morcelarlo los trozos se expandieron por el abdomen y empeoraron el curso de la enfermedad. A partir de aquí, comenzó una batalla del marido de Amy en los medios de comunicación y en internet para advertir al público de los peligros de la morcelación,

 

El impacto de la campaña fue tal, que la agencia americana del medicamento (FDA) revisó el tema y dictó unas recomendaciones que dejaban a los ginecólogos pocas opciones de seguir utilizando la morcelación bajo amenaza de ser denunciados y condenados en caso de presentarse alguna incidencia.

 

Cuando instituciones como la OMS, FDA, o el NIH hablan, la comunidad médica calla y obedece sin rechistar. Pero la prohibición de la morcelación nos cogió a todos por sorpresa. Tras el impacto inicial muchos compañeros no podían evitar hacer críticas en privado ya que los sarcomas uterinos constituyen una de esas rarezas que pocas veces encontramos en nuestra práctica. A algunos expertos cirujanos con los que pude hablar me sugirieron que parecía desproporcionado volver atrás en el tiempo por un caso que poco tiene que ver con lo que observamos cada día. En la prensa de nuestro país no se habló del asunto y todo el mundo guardó el morcelador en el armario tan pronto el Ministerio de Sanidad asumió como propias las directrices americanas.

 

Pero el murmullo de los profesionales continuó y ha tomado forma este mes en la edición mensual de la revista Obstetrics and Gynecology donde un grupo de ginecólogos ha publicado una revisión en la que cuestionan los métodos seguidos por la FDA para elaborar sus recomendaciones.

 

Según los autores del artículo, los sarcomas no son tan frecuentes como sugiere la FDA ( 1 entre 458) ya que si se seleccionan bien los estudios se verá que habría que diagnosticar casi dos mil miomas para encontrar uno maligno. Además, estos tumores son más frecuentes en personas mayores de 60 años y tienen algunas características que hacen sospechar su mal comportamiento. Por otro lado, cuestionan que el hecho de morcelar el sarcoma empeore el pronóstico ya que, por desgracia, la supervivencia de estas lesiones es siempre muy baja y normalmente se diseminan por la sangre y no por los tejidos del abdomen ( peritoneo). Con estos y otros argumentos, William H Parker y sus colaboradores critican las drásticas medidas tomadas por las autoridades americanas que quizás fueron tomadas de manera precipitada ante el ruido mediático.

 

Todas las intervenciones, hasta la que pueda parecer más banal, pueden tener graves complicaciones. Los enfermos las han de conocer y los profesionales trabajamos con patrones de excelencia clínica para evitarlas. Evidentemente, la seguridad es un principio básico que debe presidir cualquier decisión de los reguladores públicos. Pero si las éstas se toman sin proporcionalidad, corremos el riesgo de caer en el inmovilismo y causar graves consecuencias a personas que tienen un riesgo bajísimo de presentar una enfermedad grave y se pueden beneficiar de una intervención poco invasiva. Es como si por un accidente de tráfico muy grave, se cerrara la carretera.

 

Gracias al artículo de Parker se abre un interesante debate en el que los datos deben ser puestos sobre la mesa con objetividad para que los pacientes conozcan cuáles son los riesgos reales de la intervención y puedan participar en la decisión sobre cuál puede ser la mejor vía de abordaje en su caso. Las buenas intenciones serán mucho mejores si se acompañan de una información clara y bien explicada.

Juan Acosta

Sant Cugat Del Vallès, enero de 2016

 

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Acerca de DE SALUD Y OTRAS COSAS

Médico ginecólogo , interesado en salud maternoinfantil , tecnología y ciencia en general.
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